Me dijo que si leía algo suyo debía ser ese cuento. Cuando acabé, me preguntó mi opinión con un gesto indiferente que escondía una mirada asustada. Una artista nunca quiere decepcionar a su público. Le dije que estaba bien, aunque mi opinión no importa, claro, al fin y al cabo yo soy una fan.
Estuve toda la semana sintiéndome culpable. No sé por qué lo hice, a veces las mentiras inundan las pupilas de mi lengua antes de que sea capaz de adivinar su sabor y pararlas. No dije la verdad, cualquiera que me conozca sabe que no dije la verdad. Yo nunca he sido una fan, no podría. Hay algo de desamor en admirar a alguien que jamás te llegará a corresponder. Y hay mucho de expectativa salvaje, una crueldad implícita en la espera de respuesta del amado, de una correspondencia en su obra que perpetúe el fetichismo anhelado. Incompatible todo con alguien a quien, como a mí, no le gusta aguardar milagros de cuerpos ajenos, ni crear imágenes ficticias de mentes cercanas.
Porque yo, querida niña, efectivamente, tengo tendencia a quemarme, aunque juegue a acariciar las llamas con los dedos.

Mastiqué la mentira y apuré aquel orujo para intentar tragarla. No me suele costar tanto trabajo ingerir mis propias infamias. Sin embargo, ésta se quedó atascada en la garganta.
No den de comer a los egos, rezaba el cartel en su vientre, con letras gastadas. ¿Cómo pude no verlo?

Y no fui capaz siquiera de pedir perdón. Me sentía tan pequeña como hace veinte años, casi inteligente, cuasi tímida, casi brillante, casi inadaptada. Cuando el casi era aún una promesa por cumplir. Cuando todo estaba por conseguir, cuando el miedo al fracaso aún no había frustrado cualquier intento de lograrlo, porque, cuando eres pequeña, puedes permitirte vivir en el quizás. Confieso que he pecado. Bebí ansiosa la leche prohibida de las diosas, paralizada por el miedo a morir y descubrir que soy mortal. Háganme caso, amigos míos, no den de comer a los egos. Un empacho podría alimentar de réditos un cuerpo con promesas vacías y temores eternos.

Y yo lo hice. Y lo lamento, pero en algo no mentí. No, no soy objetiva con sus textos.

Confieso que he pecado. Y sé que es cruel la tortura de las heridas autoinfringidas, lacerante la esclavitud de una ególatra sometida. Lamentable la caída recurrente en los tópicos románticos y engorrosos, que espero que perdone.
Absurdo el laberinto en el que temo descubrirme Minotauro, perdida, confusa y sola en mi inconsciencia.
(Es tan doloroso confesar que he pecado… )

Angustioso el olor de la sangre vertida, a los pies de mi cama deshecha.
Irracional mi entrega ciega, sin esperas, ni condiciones, ni preguntas, ni trueque.
Terrible la belleza de sus versos.
Maldita la condena que me aguarda.
Odiosa la pasión que me pervierte
Atroz mi devoción a sus palabras.
Confieso… confieso que las amo.
Asumo que he pecado.

4 a los que les dio por decir que...:

El amor es más grande que las palabras. Y muchísimo más hermoso.
:/

9:56 a. m.  

¿no se puede ser fan de alguien a quien amas?

yo también amo sus palabras, casi tanto como la amo a ella.

4:43 p. m.  

Puede ser, aunque yo creo que no.
El amor, en su estado más puro, ya tiene todos los elementos positivos del fanatismo. Sin embargo, no los negativos. Piénsalo, un fan puede decepcionarse e incluso enfadarse porque su oscuro objeto de deseo ha dicho o hecho algo que no se corresponde con la imagen anhelada. Hay una exigencia, una necesidad de que el otro esté a la altura. Sin embargo, la enamorada -siempre en el estado ideal del concepto- no requiere nada, no pide contraprestación, ni idealiza, ni espera. Sólo ama, de una forma tan generosa como incondicional.
Quizás porque el propio placer que provoca el sentimiento es suficiente.
Quizás, porque no le queda otro remedio.
En cualquier caso, la admiración no es siquiera cercana a la idolatría de quien ama.
Quizás algunas personas seamos tan egocéntricas que nos vemos incapaces de ser fans, aunque no podamos evitar amar.
Quizás todo esto no sean más que tonterías porque de otra forma nunca me hubiera atrevido a confesarle que es capaz de hacerme llorar con una línea. Y eso es realmente muy difícil de asumir y de expresar.
Al final todo queda en un quizás, vete a saber.

6:25 p. m.  

Puede que te hiciese llorar cuando lo que pretendía era ofrecerte su consuelo, sin esperar otra cosa que corresponder esas lágrimas con su comprensión; quizás -aunque nunca hablasteis de ello- fuera el único capital que ambos teníais en ese momento: dos ludópatas de la sedución y el riesgo. Ella más experimentada en los pronósticos; El mas impulsivo dejándose llevar por la euforia de la buena racha.... En la última jugada -por favor solo una más...- ella salió a recoger su chaqueta del guardarropa mientras él observaba las fichas con la mirada fija en el tapete verde, ebrio de ambición por acertar el ultimo pleno.... Y cuando la ruleta dejó de girar con la bola en el número de la suerte, la alegría se tornó en desconcierto al girar sonriente la cabeza y no encontrar su rostro. Ella, ya había subido en un taxi camino de cualquier parte lejos de él, porque prefería despedirle con el recuerdo sus ojos encendidos por la insaciable ansiedad que ardía en el lado oscuro de su corazón. Ella, hacía tiempo que lo había decidido y pensó que era el momento de cambiar de jugador.

5:07 a. m.  

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