
Hola nene,
¿Sabes qué?. Anoche me tropecé con un caballero andante, con un viejo caballo amarillo y una gastada armadura naranja. Y ya ves, me acordé de ti. Tenía tu mismo azul.
Estaba triste y solo, sentado en un banco gris en medio de un parque verde y brillante.
Estuve toda la noche pensando en como conseguir arrancarle una sonrisa, justo como me pasaba contigo.
Por la mañana, volví al parque con una mochila de cuero marrón llena de remedios secretos para vencer tristezas imposibles. Me senté en el banco frente al suyo y la abrí.
Saqué veinte frascos con los veinte arco iris que robé, mientras dormías, los veinte días que pasamos en aquella acogedora casa en la montaña. Hice volar los tapones naranjas de las botellas de cristal por los aires y corrí, de un lado a otro, tiñendo los charcos de siete mil colores.
Pero nada, apenas una mirada azul celeste rodeada de un pesar rojo escarlata.
Volví a por mi mochila y abrí, con mucho cuidado, la jaula negra donde apresamos aquellas diez cometas amarillas el día en el que la lluvia nos pilló en medio de la playa -¿Te acuerdas?-. Estaban deseando salir. En cuanto las liberé empezaron a volar, girando en círculos, desordenadas, rebeldes. Formando pirámides, torres y nubes amarillas en medio de ese parque verde y brillante lleno de charcos teñidos de arcoiris de siete mil colores.
Aún así el caballero seguía impasible. Pero yo soy una mujer de recursos, ya lo sabes. Saqué ese cordón grueso y naranja que nos llevamos de aquél desastrado hotelito de Roma y fui engarzando poco a poco todos los besos rojos y los abrazos ámbar que me diste.
Cuando acabé, cogí los extremos y empecé, ágilmente, a saltar con mi improvisada comba. Salté y salté con toda la fuerza de la que fui capaz. Movía la cuerda tan y tan deprisa que pronto yo desaparecí y sólo se veían abrazos y besos que giraban formando una burbuja ámbar y roja. Tan y tan deprisa que los abrazos ámbar y los besos rojos empezaron a desprenderse del cordón naranja y a salir disparados en todas direcciones. Cayeron en los charcos teñidos de colores, en los bancos grises, en la hierba verde y brillante, en las fuentes y en los kioscos. Alcanzaron a los viejecitos violetas con bastones rosas, a las niñas con coletas negras, a los viandantes amarillos con paraguas grises, a los indigentes transparentes de la última fila, a las mujeres tristes de la cola del paro, a los futuribles que llenan carricoches y anhelos. En todos, en ese instante, se encendía una luz de esperanza, de un color melón intenso y fosforescente.
El caballero andante con su armadura naranja y su viejo caballo se vio ahí, en medio de un parque verde y brillante, lleno de charcos teñidos de arcoiris de siete mil colores. Envuelto en una torre de cometas amarillas que giraban y giraban. Atravesado por cientos de besos y abrazos que lanzaba una burbuja ámbar y roja. Con un halo fosforito con sabor a melón invadiendo sus manos y sus pies.
Y se rió. Primero tímido, luego estruendoso, después feliz, infantil, contagioso. La risa inundó el aire y sembró la tierra. Cientos de flores de mil tonalidades y sabores surgieron de la nada, el agua brotó a raudales de las fuentes doradas por el sol nacido de su pecho. El mundo se arrodilló a los pies de su armadura nueva. La vida resurgió.
Yo saqué mi red lila para carcajadas blancas -tengo muchas redes- y las atrapé con violencia.
Te llegarán por correo ordinario, a estas alturas las prisas ya no tienen mucho sentido ¿no?. Guárdalas o tíralas, son un regalo, el último. La animadora se retira, todas tenemos un número limitado de vidas que perder, y tú, mi amor, un ansia insaciable de matar.
Ahora, vuelvo a casa. Voy a guardar mi mochila en el armario, el mismo que dejaste vacío al irte. La dejaré allí, junto a la caja de cartón que esconde el año que estuve echándote de menos. Con cuidado, con cariño, con las fotos que atraparon mi nostalgia, con los que quise y que ya no están (os echo tanto de menos). Con mis traumas infantiles, con los momentos felices, con los botes llenos de lágrimas, con una tonelada de magia compartida. Con todo lo que fui, con todo lo que amé. Y ni lo intentes, sólo yo tengo la llave, no creerías de verdad que iba a volver a hacerte una copia.
Espero que esta vez entiendas mi adiós. Necesito hacerles sitio a los que nacen, esas personitas necesitan atención y las cunas ocupan demasiado espacio. No es rencor, mi amor, es que ya no tengo sitio para ti, tienes que entenderlo.
No estés triste, yo no lo estoy. Los partos son tan hermosos.
Etiquetas: No se ponga literaria mujerpordios
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los partos son tan hermosos como tus letras, y como la seguridad que de ellas se desprende... un beso así (smiley con los brazos abiertos) de grande...
Azena dijo...
9:54 p. m.
...la respuesta está en la loKura
Anónimo dijo...
2:03 a. m.
Gracias por el beso y por la canción.
¿Cuál era la pregunta?
Icelandpoetry dijo...
11:36 a. m.
Sí, también los caballeros tan azules y tan tristes despiertan el instinto (alguno de ellos), y hay llaves de las que es mejor tener sólo una copia, aún a riesgo de perderla.
Cándida Sibisse dijo...
12:51 p. m.
Los caballeros andantes solemos ser algo cabezones, un poco empecinados y sobre todo gente seria y respetable.
No es que no nos riamos, es que nos reímos por dentro.
Es meritoso que alguien nos haga exteriorizar una carcajada.
0nironauta dijo...
1:28 p. m.
No me preocupa perderla. Uno de mis talentos más preciados es el de forzar cerraduras (propias y ajenas) y, de vez en cuando, sí, también robar carcajadas a la gente seria y respetable.
Icelandpoetry dijo...
5:22 p. m.
Supongo que la mediateca de la Arena no es un buen sitio para llorar, pero acaso solo podemos emocinarnos en Madrid?
Por cierto yo hoy tengo el nivel de tolerancia excesivamente bajo, anoche una visita no me dejó dormir ;-)
Grace en el País de Las Maravillas dijo...
6:13 p. m.
Hay visitas muy inoportunas y emociones que aparecen en cualquier parte. Qué le vamos a hacer ;-)
Icelandpoetry dijo...
3:06 p. m.