La semana pasada me pasó una cosa increíble. Fuí a un foro feminista. Esto no es lo increíble, claro, lo digo por ubicar. Me apunto mucho a este tipo de eventos, no por ansias de formación -no es mi intención mentir- si no porque estoy independizada y paso hambre, a que negarlo y en estos cursos, al final, siempre te dan de cenar.
Lo de pasar hambre no es por no tener comida, que la tengo, pero está mayormente para lo que es decorar, con deciros que uso el horno para secar los calcetines os lo digo todo. Y no es por desidia, que no, que es por falta de conocimientos culinarios.
Una vez intenté hacer macarrones con salsa de queso. Después de mucho pensar, tiré de los apuntes de ciencias del instituto y recordé que el agua caliente tiene la cualidad de ablandar, así que dejé de intentar masticarlos en crudo y los herví. Hasta ahí iba todo bien. El problema vino cuando me puse a hacer la salsa en plan experimento químico, que me pasó como a todas las grandes pioneras de la ciencia, me acabé quemando. El rollo es que mi quemazo fue literal (y físico).
Qué dolor.
Eso sí, supe como reaccionar inmediatamente, con sangre fría, valor y determinación. Vamos, que llamé a mi amiga la médica. Se plantó en mi casa en cinco minutos con un maletín lleno de remedios mágicos. Lo que me mosqueó es que en la parte de arriba tenía una inscripción con mi nombre, que ahí es cuando me di cuenta de que mis colegas me aprecian pero no tienen mucha fe en mi capacidad para sobrevivir sin mami. Y encima la tía se mosqueó conmigo porque ella había apostado que no tenía mi primer accidente doméstico hasta la semana siguiente. Y que no se podía contar conmigo para nada y que le debía veinte euros. Tiene bemoles la cosa.
A lo que iba, que estaba allí en la cena de gratis cuando la tía que tengo enfrente se pone a decirme que sabe leer las manos. Que a mi me es indisoluble, que cada una se entretiene como quiere, hay gente que lee a Dan Brown que es aún peor.
Pero es que la que tiene al lado comenta que eso no es nada, que ella tiene regresiones justo antes de sus orgasmos. Y que en una vida anterior ha sido un tío de barba que se pasaba por la piedra a una rubia con el pelo muy estropeado (joder con la regresión, antes muerta que sencilla).
Yo ahí miré a mi alrededor para ver si había algún asiento libre en otra mesa, pero la única posible estaba invadida por cuatro gafapasta con camisetas de Batman que discutían las metáforas subyacentes de la Guerra de las Galaxias. Y eso sí que no, prefiero la locura implícita en el misticismo a la profundidad del freaky profesional.
A todo esto, la que parecía más normal de mis nuevas amigas nos desvela que va por ahí dando el beso de la muerte. Y no es broma. Si algún día estás en el hospital y ves a una tía, con cara de no haber roto un plato en su vida, acercarse a ti con una sonrisa, un libro y una flor huye, puede que vaya a darte el último adiós. Es una especie de cura pero en psicópata, que de la que te da el perdón te desenchufa la máquina que hace piiiiii (esos Monty Python).
Yo me doy el piro que la cosa no puede acabar bien. “Si me disculpáis me he dejado unos calcetines en el horno y creo que ya deben estar”, me levanto, cojo la chaqueta, visualizo la salida y… ¡Bruuuum!
La ventana del comedor se abre de golpe, un estruendo inunda la sala, una patata frita atraganta a un cineasta, camarera que resbala, ¡Crash!, tremenda confusión. No puede estar pasando, esto es una ilusión.
Pero sí, todas la vemos, una bruja con aire familiar (era igual a Angela Chanin, de verdad), entra sin preguntar, montada en una escoba.
Y yo sin belladona.
Y las tías ni se inmutan, esto es raro. ¿O no? Un momento... ¿y si no son ellas si no yo?. Claro, ya lo entiendo. Sucedió en un despiste, esta mañana, mientras desayunaba.
Un hombre, de unos cuarenta años, con un bigote negro y una camisa a cuadros me tocó, en ese momento, el hombro.
“Disculpa”, dijo, “creo que tienes mis ojos”.
“Eso parece”, contesté, “Qué confusión más tonta”.
Sonreí con mi sonrisa, que esa sí que la había cogido y le pregunté qué tal la experiencia.
“Difícil” contestó, “he llegado a pasar miedo, ¿y tú?”
“Yo, la verdad, también he pasado miedo”
Nos cambiamos los ojos y nos despedimos cordialmente. Volví a sentarme en la mesa y seguí cenando, ahora sí, convertida yo también en una bruja.
Etiquetas: Fem Y Nista, No se ponga literaria mujerpordios
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vuela.
Cándida Sibisse dijo...
6:48 p. m.