
Yo una vez fui un pez globo. No en otra vida, como le pasaría a Richard Gere, yo fui un pez globo en esta vida. La verdad que fue un consuelo, porque pasarse tantos años siendo mujer es, cuanto menos, agotador. Tampoco pasó de repente en plan experiencia kafkiana. Que menos mal, a ver si con la tontería me llego a ahogar con tanto aire que hay siempre alrededor de mi cama. No, yo me fui haciendo pez globo poco a poco, por culpa de un caramelo.
Estaba encima de la mesa, un martes por la mañana. El caramelo digo, yo no. Yo no me subo encima de las mesas hasta los sábados por la noche, pero ¿un martes por la mañana? No, por dios, que iba a decir la gente.
Tenía un envoltorio blanco -de nuevo no hablo de mi- con una inscripción diminuta que decía “esto es un caramelo de menta mágico”.
Yo, desde que un día, de copas, conocí a una tal Alicia que tuvo una mala experiencia con alimentos que tenían etiquetas soy muy prudente a la hora de comer cualquier cosa que se defina a si misma con un cartelito. Llámame maniática, llámame desconfiada, llámame en cualquier caso y nos tomamos un algo. A lo que iba, que ahí lo dejé a ver si a alguno de mis compañeros de piso le entraba el gusanillo y me lo quitaba de delante.
Efectivamente, a uno de ellos, un viernes por la tarde, le entró un gusanillo verde brillante con las pestañas muy largas y una enorme sonrisa y, chica, se enamoraron. Y como el amor ya se sabe que quita el hambre el caramelo siguió ahí, muerto de risa, encima de la mesa. Al cabo de tres días con sus tres noches ya no aguanté más. Me acerqué a la mesa de madera y cristal. Me senté en nuestro sofá azul cobalto, así fuertemente mi cojín amarillo con su margarita blanca y rosa (sí, que pasa) y le espeté “ ¿se puede saber tú de que te ríes?”.
En ese momento salió de su habitación mi otro compañero de piso y me pilló ahí, en el sofá, con las piernas cruzadas, el cojín gigante encima del regazo, el ceño fruncido y los labios apretados por el enfado, increpándole al caramelo que había encima de la mesa. Se quedo parado en el quicio de la puerta, con pinta de no acabar de decidirse entre si poner cara de sorpresa o de miedo. Al final optó por una cara neutra, de esta que no sabes si viene o si va. El que sí que vino fue él, que se sentó a mi lado y me dijo muy serio “Soni, tú sabes que esas cosas que ves en tu cabeza están sólo en tu cabeza ¿no?”. Yo respondí que si muy seria y cuando él se fue a la cocina a hacerse su Colacao traté de decidir si sería mejor llamar a un psicólogo o a un exorcista. En lugar de eso llame a una amiga que tengo que también esta loca y le conté el suceso. Ella, que está en mi misma onda, me dijo “Nena, cómete el caramelo dichoso y, muerto el perro, se acabó la rabia”.
Abrí el envoltorio blanco y me di cuenta de donde estaba la magia, un caramelo de menta de color rosa, a quien se le ocurre. Pero peor fue cuando me lo metí en la boca y descubrí que sabía a cereza.
Saqué como conclusión
que en este mundo traidor
llega la adulteración
hasta un simple caramelo.
Te decides a comerlo
pones todo el corazón
y descubres, que estupor,
el engaño del kioskero.
Tras el momento poético (snif snif, me emociono) me puse a buscar el perro por toda la casa. Debajo de las camas, encima de la nevera, dentro del microondas, en los cajones, en las lámparas, en las ventanas. No aparecía y pensé que igual se me había escapado, así que salí a la calle y empecé a llamarlo a gritos “¡Perrooooooo, perroooooooo!”. Vinieron tres pequineses, un pastor alemán y un caniche francés, pero cuando les pregunté si tenían la rabia me contestaron ofendidos que no y se fueron con la cabeza muy alta (sobretodo el pequinés, muy digno). En ese momento empecé a darme cuenta de que igual lo del perro era una metáfora -porque yo tardo, pero al final llego- y me fui para casa.
Cuando entré por la puerta -es una costumbre que tenemos en mi casa desde que un día intenté entrar por una ventana y me atacó una paloma- me percaté de que tenía una sed terrible. Normal, me dije a mi misma -porque estaba sola en casa y no tenía a quien contárselo- tanta vuelta buscando la metáfora con este calor que hace. Saqué una botella de agua mineral de la nevera, porque yo ante todo soy muy fina. Lo de fina lo digo por la mineralidad del H2O, que nevera digo yo que tendréis todos, ¿O qué? ¿Se me entiende?.
Bueno, que eché un trago que duró un litro y medio. Pero seguía teniendo sed, así que abrí otra botella. Lo que pasa es que la sed en lugar de mitigarse se iba extendiendo poco a poco por mi boca, por mi garganta, mi esófago, mi estómago, el corazón, el hígado (pobrecito mío con lo que sufre normalmente), las venas, las arterias, los ríñones. Empecé a notar como los pulmones se llenaban poco a poco de agua azul celeste. Como, al hacerlo, respiraban con una intensidad nueva y desconocida. Tenía tanta sed que mi cabeza, mis manos, mis pies, mi epidermis, mi dermis, mi pelo y mis uñas también querían beber. Tanta, tantísima sed, que mientras no paraba de beber, inundé la bañera con agua templada y me metí dentro para que mi cuerpo bebiera conmigo.
La bañera empezó a desbordar y a crecer, ¿o era yo la que empezaba a menguar?. En cualquier caso me vi sumergida totalmente. Los problemas habían desaparecido, ya no importaban los exámenes, el trabajo, el alquiler, las discusiones o las chocolatinas amargas. Empezaron a darme igual el Tercer Mundo, el Segundo, el Primero, la Inmigración, el paro o ese grano que me salió en la barbilla, sin previo aviso y a mi edad. Tampoco me afectaban ya ni el indigente de la tercera fila, ni aquel final tan triste de esa hermosa película, ni los kilos de más para compensar esos cigarros de menos. Vamos, y por resumir, que me daba todo igual.
Iba tan feliz, de un lado a otro de la bañera con los ojos entornados y dándole a la colita a izquierda y a derecha. ¿Cómo? ¿Colita? ¡Claro! Me había convertido en un pez (eso esperaba, la otra opción era mucho peor).
Un bicho esponja amarillo y agujereado se cruzó entonces en mi camino y yo ¡Bloooooooooooooooooooof! Me hinché cual si fuera un… ¡Pez globo! ¡Anda que curioso, me he convertido en un pez globo!”.
¿Que es ese reflejo que veo en la pared de la bañera?, ¿soy yo?, ¡Que fuerte! ¿Lo estáis viendo? ¡Me he convertido en un pez! ¿Os lo había dicho? ¿Qué tipo de pez seré? ¿Con quién estoy hablando?.
Voy feliz por el agua… ¡Ay! ¡Un bicho esponja! ¡Qué susto!. Mira que gracia, ahora parezco un balón. No doy crédito. Pero si me han salido aletas. Ostia que fuerte.
Muevo la colita a derecha y a izquierdaaaaaaa. Colita ¡Claro!, me he convertido en un… ¡Bicho esponja!… uy… y ese balón… ¿Y tú quien eres? ¿Por qué me miras? ¿De que te ríes?.
¡Ay! Soy tan dichosa. No hay pasado, no hay futuro y mi presente se reduce apenas a unos instantes antes de que el velo del olvido se los lleve para siempre.
Que puedo decir que no sea… ¡Bendita memoria de pez globo!
(¡Anda! ¡Me he convertido en un pez!)
Etiquetas: No se ponga literaria mujerpordios
Entrada más reciente Entrada antigua Página Principal
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)
¡qué historia más..., más..., más...! me has dejado sin palabras
eso, que me encantó...
Azena dijo...
3:27 p. m.