Y seguimos de mudanza, una que le acaba cogiendo cariño a las historias y, al final, le pesa el equipaje.

EL RECEPCIONISTA AUDAZ

Hace unas semanas un recepcionista audaz entró en este nuestro blog (el otro) y me dijo, haciendo gala de un nulo sentido de la percepción, que deducía por el mismo que mi vida se reducía a una sucesión infinita de cenas, comidas y fiestas sin tón ni són. “¿En qué te basas? “, le pregunté. “En las fotos que pones” me contestó.
Que poca capacidad de visión. Es normal que digas eso si donde hay risas sólo ves dientes, si donde hay miradas sólo aprecias pares de ojos, si donde hay tristeza sólo ves ausencia de colores.
¿No viste por ejemplo el día en el que me descubrí en medio de una plaza, ámbar y vacía, por la que no paraba de pasar gente amarilla con paraguas grises? ¿No te fijaste en como, en el centro de la plaza, se fue formando una espiral de hojas verdes y brillantes que bailaban con el viento cada vez más fuerte y más alto?.

Yo me quedé parada, ahí, en un extremo de la plaza, resguardada bajo los arcos, mirando por el visor de mi reflex, tratando de imaginar como iba a hacer para apresar al movimiento en la retina de cristal. Entonces saqué de mi mochila de cuero gastado la trampa gris para movimientos verdes y la puse en el centro de la plaza.

Esperé y esperé… pero no funcionó. Así que corrí hacia la playa, me quite las botas y los calcetines, me arremangué los vaqueros y robé, sin que nadie me viera, un trocito de mar. Volví, descalza y sonriente, y lo coloqué como cebo entre los dientes de la trampa porque toda buena observadora sabe que al movimiento de siempre le ha encantado jugar a hacer olas gigantes que bañen a los viandantes despistados.
Esperé unos minutos, el movimiento olió el mar, lo miró y desplegó una sonrisa traviesa.
A una mujer gorda le voló el sombrero rojo.
Como quien no quiere la cosa, se fue acercando más y más. Despacio, sigiloso, un poco más cerca. Ya viene, a lo disimulado, mirando para otro lado, ya casi está encima, ya roza los dientes, ya salta la trampa y… ¡CUIDADO!.

Cuando creía que lo tenía, el aire me encontró, ahí, agazapada bajo los arcos, detrás de un arbusto no lo suficientemente frondoso, frotándome las manos, casi celebrando la victoria, con la mandíbula contraída y la mirada brillante. ¡Cuidado! Gritó y el movimiento dio la vuelta corriendo. Aire chivato… todo porque se cree más importante convertido en duro viento.

"¡Aire chivato!” Grité con el puño levantado y el rictus contraído "¡me vengaré!. Cuando el movimiento se vaya, te atraparé y entonces te usaré para inflar un globo con forma de elefante rosa ¡Ja! ¡Y te regalaré a un niño violeta que te encerrará en una habitación oscura y allí estarás hasta que la tristeza por la ausencia de tu libertad te haga morirte poco a poco!. Hasta que ya no puedas más y aguantes la respiración convirtiendo al globo en un trocito de plástico sin vida y ya nunca más puedas volar sombreros rojos, ni paraguas grises, ni olores naranjas.”

El viento, entonces, empezó a mover cada vez más hojas, con más y más fuerza, cada vez más rápido, cada vez más violento, cada vez más alto. Vinieron hojas del norte y del sur, del este y del oeste, del centro de la Tierra, del fondo de los lagos. En todas partes los árboles se quedaron desnudos y confusos, estelas verdes surcaron los cielos durante apenas unos momentos, los mismos, en amaneceres y atardeceres perdidos de lugares inventados y reales.

Pero no importó, porque nadie las vio volar. ¡Increible!, tampoco nadie las estaba viendo posarse un instante antes de despegar para siempre -las más tímidas- o unirse directamente al resto sin pensarlo -las más osadas-. ¡No podía ser! En medio de una plaza, ámbar y vacía, llena de gente amarilla con paraguas grises, se estaba creando una torre verde que giraba y alcanzaba ya, a esas horas, a la luna que empezaba a colarse entre el azul claro del cielo, aprovechando que, en ese momento, el sol andaba despistado. Y nadie lo estaba viendo.
Empecé a mirar a mi alrededor, ansiosa, tratando de encontrar a alguien que fijara su mirada en la mía, alguien con quien compartir, alguien a quien poder decir “¡Oye! ¿No ves esa torre de hojas brillantes?”. Corrí de un lado a otro de la plaza nerviosa, esperanzada, ¡sorprendida!, ¡asustada! ¿Sólo lo estaría viendo yo? ¿Estaría pasando realmente?. Giré y giré pero sólo encontré gafas y narices y humo de cigarrillos y teléfonos móviles y pintalabios y pendientes y carpetas. Empecé a marearme, fui a refugiarme, de nuevo, bajo los soportales.

Me senté, con las piernas cruzadas, los pies descalzos y el ceño fruncido, confusa y cansada. Y, entonces, echando un último vistazo, esta vez a rodillas, a cordones y a tacones callados, observé, brillando entre todos ellos, dos ojos profundamente azules que me observaban con curiosidad y asombro. Un niño portando una cometa azul. Yo le sonreí abiertamente con mi mirada y él… bueno, él ya se había olvidado de mi porque los niños (como muchos hombres ejem ejem) son profundamente inconstantes. Ahora llamaba su atención una torre verde brillante que giraba en medio de la plaza ¡La ves! Grité ¡Tú también la ves!. Y el niño se sobresaltó y soltó la cometa que empezó a girar y a girar y a girar acercándose peligrosamente al centro del huracán de hojas. Yo pensé que se echaría a llorar o que llamaría a su madre para que rescatara a su juguete de tan cruel e inesperado final pero, en lugar de eso, se rió. Se rió con sus ojos, con su boca, con sus dientes, todo su cuerpo se convulsionó de risa y miles de carcajadas blancas se expandieron por el suelo y por el aire. Una de ellas, la más grande, se quedó enganchada en la cola de la cometa justo antes de que ésta quedará atrapada en el centro de la torre de hojas, donde aún hoy dicen que está dando vueltas.

Exhausta, descalza, sentada en el suelo con las piernas cruzadas y los pantalones aún remangados, apunté el objetivo de mi cámara hacia esa carcajada blanca, enganchada en esa cometa azul, en medio de aquél túnel verde, en el centro de una plaza ambar y vacía, llena de personas amarillas que portaban paraguas grises. Y disparé.
¿No viste esa foto?

1 a los que les dio por decir que...:

Hay días más hermosos, porque al echar un vistazo al jardín descubres que que han florecido las gardenias. Dos gardenias, justamente.
Nuestra primavera tiene razón. Nuestros colores también.

7:02 p. m.  

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