
Esta mañana, mientras fingía escuchar a un político cualquiera, me fijé en la cara aburrida del chico que portaba la cámara.
En medio de un vino español, que yo deseché en beneficío de una Coca Cola, postrado sobre mesas circulares, tristes e idénticas -el vino-, rodeada de palabras engoladas con el aburrimiento revoloteando por doquier -yo- tuve una revelación.
Allí, mientras tigres de rallas azules o asalmonadas me lanzaban dardos lascivos que yo esquivaba con sufrida habilidad, lo vi claro. Noté el cansancio de las camisas y los zapatos, de los afeitados perfectos, de los discursos correctos e idénticos.
Allí, en medio del engorro de lo repetitivo, observé de reojo al chico de la cámara con sus vaqueros gastados, los pendientes insertos, la barba de dos días, los playeros viejos. Le miré y le vi. Y supe lo que tenía que hacer.
Decidí cruzar la sala, acercarme al chico de la cámara, mirarle a los ojos y pedirle que me llevara con él. Pensé en ofrecerle mi alma, mi cuerpo y mi amor sólo por unas horas. Me imaginé pidéndole que no dijera nada, que no destruyera el misterio, que no me dejase averiguar que no es más que un simple mortal, como yo. Quizás con hipoteca, quizás -qué terrible- con un coche rojo con grandes alerones y pegatinas cutres.
Le pediría que estuviera en silencio, yo también lo estaría. Que no violase el momento con palabras vacías. Que se dejara llevar y me llevase. Que no buscara lógica ni sentido. Que mirase en mis ojos y entendiera. Y eso sería suficiente para decirlo todo.
El chico de la cámara recogió sus cosas y se fué.
Yo me tomé otra Coca Cola.
Etiquetas: No se ponga literaria mujerpordios
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0 a los que les dio por decir que...:
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